Fueron dos, las lágrimas suicidas, que saltaron desde el párpado inferior en caída libre y sin pedir permiso, y que en un silencio lento chocaron hasta fundirse con el tejido del pantalón, que las recibió con resignación acogedora. No me preguntaron, como dueña del origen, si debían nacer o morir, ni en qué momento. Sólo vinieron a este mundo para no quedarse; sólo vinieron para poner de manifiesto, espontáneo, absurdo o no, una tristeza que no esperaba, una tristeza que permanece en mis pupilas a estas horas, dispuestas sin saberlo a inundarse en un segundo, con cualquier pedacito de recuerdo.